Con el afán de no violar la ley y guardar fielmente los mandamientos (entiéndase de manera literal), en tiempos de Jesús, los líderes religiosos habían desarrollado un complejo entramado de 613 prescripciones legales (365 prohibiciones y 248 obligaciones). Con ello se aseguraban de no infringir ninguno de los diez principales mandamientos.
Ante este panorama, en algún momento de la última semana de Jesús —la semana de la Pasión—, previo a ir a la cruz, un intérprete de la ley le planteó una pregunta; de acuerdo al evangelio, se trataba de ponerlo a prueba: «¿Cuál es el gran mandamiento?», preguntó el maestro conocedor.
Jesús, lejos de detenerse a elegir el “más importante” mandamiento del Decálogo, unió dos pasajes distintos para crear una síntesis magistral, que seguramente incomodó a los presentes, al mismo tiempo que los dejó boquiabiertos, como solía pasar.
Expresó el Señor:
- Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, alma y mente (tomado del Shemá Israel, en Deuteronomio 6:5).
- Amarás a tu prójimo como a ti mismo (tomado de Levítico 19:18).
La novedad no consistió en las palabras, que ya existían en el Antiguo Testamento y que casi todos los judíos conocían y sabían casi de memoria (¡puedo estar seguro!), sino en que Cristo unió de manera inseparable “dos amores”. Parece que elimina la división entre dos entes, para nosotros diferentes, pero que en Él se unen con la misma intensidad, y poniendo en medio una interesante condición: «lo que le haces a tu prójimo, se le hace al mismo Dios».
Levítico 19: santidad en lo cotidiano
A menudo evitado por su “tono legalista”, el libro de Levítico es fundamental para entender la ética del amor. En su capítulo 19, conocido como el «Código de Santidad», se establece que la santidad no es una experiencia mística elevada, sino un reflejo de Dios en las decisiones sociales (entiéndase, aquí, la necesidad de convivencia con los iguales a uno).
Otro punto central es el trato al extranjero. La ley ordenaba tratar al extranjero como a un ciudadano nativo y amarlo como a uno mismo. El fundamento es histórico y muy empático: «porque extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto».
También este amor se traduce en justicia concreta: no robar, no retener el salario del jornalero y usar pesas y medidas justas en el comercio, prácticas que, con el paso del tiempo, fueron olvidadas, como denunciaron los profetas.
La medida de Jesús: «Como yo os he amado»
El Evangelio de Juan lleva este mandamiento a una dimensión definitiva. Durante la Última Cena, Jesús realiza el lavado de pies, un gesto que en aquella época era exclusivo de esclavos. Jesús redefine la autoridad como servicio y humildad, poniendo al Maestro en el lugar del siervo.
Aquí es donde el mandamiento se vuelve verdaderamente «nuevo». Jesús dice: «Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado». Ya no es simplemente amar al prójimo «como a ti mismo», sino con la medida del amor de Cristo: un amor ágape que es incondicional, sacrificial y un acto de la voluntad, más que solo un sentimiento (entiéndase, no solo emoción).
¿Qué implica esto en nuestra actualidad?
Para entender y vivir en este mandamiento, podemos extraer lecciones de la enseñanza cristiana a lo largo del tiempo:
Superar el miedo: El seguimiento de este mandamiento puede generar temores (miedo al rechazo, a la entrega total o a la pérdida de seguridad). Sin embargo, la confianza en la gracia de Dios permite transformar ese miedo en una fuerza para la misión.
La caridad como distintivo: Agustín de Hipona señalaba que «la caridad fraterna es lo único que distingue a los hijos de Dios». Una religión que predica el amor a Dios, pero olvida al que sufre, es, en esencia, una enorme mentira.
En resumen, este «nuevo mandamiento» nos invita a una revolución interna, principalmente, cristiana de fraternidad–amistad–comunidad–compañerismo. No con base en grandes discursos, sino en actos humildes como “lavar los pies de tu prójimo” y reconocer que amar honestamente a las personas que vemos es la única forma tangible de amar al Dios que no vemos. Si lo entendió el discípulo amado Juan, podremos entenderlo nosotros también.
¡Qué manera tan poderosa la de nuestro Salvador de acercarse a su Pasión!


