Una gran cantidad de personas que con buena voluntad hoy están sirviendo en sus iglesias podrían no tener claro el propósito de su servicio. El voluntariado es sin duda el primer gran paso para lo que podría convertirse en un ministerio fructífero. Sin embargo, hay un momento en que nuestra mente entra en una encrucijada: “¿quiero ‘dedicarme’ a esto el resto de mi vida?”. Y automáticamente vinculamos la palabra “dedicación” con el ejercicio de una carrera profesional. Es ahí donde probablemente muchos se topan con una realidad muy lejana de aquello que soñamos ser o en lo que desearíamos convertirnos “bien”. El ministerio cristiano como llamado y no como una carrera profesional es una de las mayores confusiones que hoy enfrentan muchos servidores dentro de la iglesia. Se trata de una iniciativa de Dios y no nuestra.
Un papá le pregunta a su hijo apasionado por los “guitarrazos” ¿a qué se quiere dedicar cuando sea grande?, y el hijo con toda seguridad responde: “quiero ser músico/cantante/bailarina de ballet”, y entonces el papá revira: “no, en serio, a qué quieres dedicarte ‘bien’, profesionalmente?” y en ese momento colapsan las emociones del hijo que se da cuenta que lo que creía como un “trabajo serio”, para el padre no lo es.
El evangelio nos remite a la historia de un hombre pescador llamado Zebedeo que tenía dos hijos que, afortunadamente para él, también eran pescadores. En tiempos de Jesús, la pesca era un oficio cansado, pero redituable, y quiero con seguridad afirmar (como padre de tres hijos), que Zebedeo podría sentirse realizado al ver a sus hijos ejerciendo “una profesión bien”, hasta que por ahí pasó un forastero que “echó todo a perder”… Ese forastero, Jesús, les hizo una propuesta que trastocó por completo su concepto de dedicación y profesión: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres” (Mateo 4:19).
Este relato nos enfrenta a la pregunta central: entonces, ¿qué es el ministerio?
Bien, respondamos de una:
El ministerio es el llamado que recibimos y no la carrera que elegimos.
En esencia, el ministerio cristiano no es una simple carrera o trabajo. Es un llamado divino, una vocación celestial que va mucho más allá de los títulos o posiciones. En un mundo donde el éxito se mide por logros y reconocimientos, es fácil confundir el llamado con la búsqueda de una profesión. Sin embargo, ser ministro es responder a la invitación de Jesús para servir en Su Reino, con total independencia del aplauso humano.
Ahora, entremos en materia.
La diferencia fundamental: Carrera vs. Llamado
Partamos de una distinción fundamental. Una carrera se elige: según nuestros intereses, habilidades y oportunidades. Incluso puede cambiarse con el tiempo. Sin embargo, el llamado ministerial es diferente. No se elige; Dios nos elige a nosotros. No depende de nuestros planes, sino de Su propósito eterno. Los hijos de Zebedeo no “cambiaron de carrera” de pescadores a discípulos; fueron llamados a una misión que redefinió sus vidas por completo.
Aunque el ministro tenga títulos y estudios, lo que realmente lo define es su obediencia y permanencia en el propósito de Dios. La identidad del ministro descansa en Cristo, no en sus credenciales. Jesús no busca “profesionales” impresionantes, sino siervos fieles que en principio estén dispuestos (más que solo disponibles), listos para responder “¡Sí!” a esta nueva misión de vida.
Un llamado a la transformación (de adentro hacia afuera)
Luego entonces entendemos que el ministro está llamado a ser un agente de transformación. Pero esta transformación tiene un orden: primero es interior, en nosotros; y luego se extiende a los demás.
Pablo lo dice claro en 2 Timoteo 1:9: Dios «nos salvó y nos llamó con un llamamiento santo… según su propósito y gracia». Esto significa que el primer gran cambio sucede en nosotros. Al ser llamados, somos equipados sobrenaturalmente por Dios para una tarea que supera todas nuestras habilidades naturales.
La consecuencia de este equipamiento es profunda. El ministro transformado ya no se limita solo a impartir conocimiento, sino que está llamado a discipular y moldear a la imagen de Cristo las vidas de aquellos que por encargo divino se convertirán en su audiencia (dicho desde un concepto moderno) o su rebaño (para los que fuimos formados en la vieja escuela). Enseñarles con fidelidad es vital, pero también lo es servirles con amor, apacentarles con gracia, cuidarlos con humildad y amarlos con autenticidad. No se trata solo de lo que decimos desde el púlpito, sino de lo que vivimos día a día. Nuestro ejemplo personal como ministros es el canal por el que fluye la transformación hacia otros.
KPI del ministerio: las métricas del Reino.
Ahora que comprendemos de manera rápida pero sencilla (bueno, eso creo) que el ministerio pastoral es un llamado divino y al mismo tiempo el mejor de los oficios que el hombre y la mujer de Dios pueden ejercer, uno de los mayores desafíos que enfrentaremos es la tentación de intentar medir el éxito con los parámetros de este mundo. Es fácil caer en la trampa de buscar reconocimiento, una plataforma más grande o más seguidores para saber si “vamos bien con el ministerio”. Pero el éxito de esta divina vocación no se mide por asistentes ni por «likes», ni siquiera por el reconocimiento de la marca de nuestra iglesia o la extensión de las franquicias de nuestro ministerio.
No se debe medir el impacto celestial con una vara terrenal.
Entonces, ¿cuáles son los KPI a la manera de Dios? Estos son tres:
- La fidelidad al llamado.
- La transformación de las vidas que tocamos.
- El avance del Reino de Dios en el terreno donde estamos sembrados.
Este conjunto de “métricas” bien puede resumirse en una palabra: servicio. Jesús lo dejó claro en Mateo 20:28: “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir”. En cualquier generación, nuestro ejemplo debe ser el mismo: servir con humildad, recordando que el llamado es para la gloria de Dios, no para la nuestra.
En conclusión
Por todo esto, el ministerio cristiano es un llamado santo y alto, que no debemos reducir a una simple profesión. Exige entrega, humildad y una vida entera vivida para la gloria de Dios. En un mundo dominado por lo superficial, el ministro está llamado a ser fiel a su Señor. No basta con hablar de cambios; hay que evidenciar una vida transformada por Cristo para entonces transformar tu entorno y tu mundo.
Al final del día, el éxito de nuestro ministerio no se mide en esta vida, sino en la eternidad. Los primeros “pescadores de hombres” lo entendieron, lo aceptaron y a esa divina tarea dedicaron el resto de sus vidas, dejándonos un legado impresionante que se lee cada día en casi todos los rincones de nuestro planeta tierra. La inivitación sigue siendo la misma que hace poco más de dos mil años…
¿Responderás: “¡Sí!”, al forastero?
